La osteopatía frente al COVID-19 (cómo puede ayudar)

La COVID-19 es una infección respiratoria causada por un nuevo coronavirus, el SARS-CoV-2, que provoca fiebre, tos, fatiga, diarrea, disnea (sensación de ahogo) y, en los casos más graves, neumonía e insuficiencia respiratoria. La diana del SARS-CoV-2 es el sistema respiratorio, en concreto las células del alveolo, que se denominan neumocitos. En los alveolos es donde tiene lugar el intercambio de gases durante la respiración.

La respiración consta de dos fases: coger y expulsar aire. Cuando cogemos aire, este va cargado de oxígeno y atraviesa todo nuestro aparato respiratorio hasta llegar a los alveolos, que son como unas pequeñas bolsas en forma de saco, que se llenan de aire y están formadas por una pared de una sola célula. Una vez allí, debido a que esta pared es tan fina, el oxígeno puede llegar a la sangre mientras que el dióxido de carbono, el gas de desecho que produce nuestro cuerpo, pasa de la sangre al aparato respiratorio. Este gas es expulsado cuando soltamos el aire al respirar. Cuando este proceso no puede producirse con facilidad aparece la disnea (sensación de ahogo).

El SARS-CoV2 entra en las células de los alveolos (los neumocitos) y utiliza el contenido que hay dentro de ellas para multiplicarse de forma masiva, hasta matar a la célula en la que se encuentra. Según los datos disponibles hasta la fecha, cuando entra en una célula, puede infectarla y liberar entre 10.000 y 100.000 partículas virales nuevas. Y el procedimiento se repite: entran en las células cercanas, ampliando la infección. Al multiplicarse, el virus acaba con estos neumocitos y por eso se dificulta mucho el trabajo que deben realizar en cada inspiración para que el oxígeno llegue a la sangre y se reparta a todos los órganos del cuerpo.

Estos neumocitos tienen gran cantidad de una proteína llamada ACE2, que es por donde el virus se une para entrar a la célula, lo que facilita su entrada. La destrucción de los alveolos genera una respuesta de nuestro sistema de defensa en forma de inflamación. Este proceso natural eficiente nos permite defendernos de los virus, bacterias y agentes externos. Pero provoca irritación y aparece la fiebre, uno de los principales síntomas de la COVID-19. En los casos más leves, puede pasar desapercibida o no darse síntomas.

Todas las enfermedades infecciosas e inflamatorias de los órganos de la cavidad torácica pueden producir fibrosis y adherencias que afectan a la movilidad de los órganos y repercute sobre el aparato musculo-esquelético, afectando a la movilidad articular y son la causa de muchas alteraciones crónicas de la zona dorsal y cérvico-braquial. Por eso, tras un catarro, gripe o tras haber pasado la sintomatología de la COVID-19, es muy posible que persistan malestares musculares que bien pueden aliviarse con unas sesiones de osteopatía-fascioterapia.

Una elastificación osteopático-visceral obtendrá resultados espectaculares al incidir de manera indirecta sobre el sistema de suspensión de las vísceras torácicas (pulmones, corazón), aliviando  dolores a nivel del hombro, escápula, brazo y zona suboccipital y mejorando la capacidad respiratoria de la persona.


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